viernes, 18 de diciembre de 2009

Los colegios Ortiz Echagüe, Miguel Hernández y Mariana Pineda y el instituto Silverio Lanza tienen aulas para niños con autismo

GETAFE CAPITAL
26 de noviembre de 2009 educación

Una clase con Mario: “Hoy es”… “jueves”
Los colegios públicos Ortiz Echagüe, Miguel Hernández y Mariana Pineda, y el instituto Silverio Lanza cuentan con un aula TGD (Trastorno Generalizado del Desarrollo), que se ocupa de apoyar a los niños con autismo, entre otros. Mario de Diego tiene 6 años. La profesora especializada, María Luisa Martín, va a buscarlo a su clase de referencia, donde tiene a sus compañeros, y juntos van al Aula del Arco Iris, que le sirve para entender mejor el mundo que le rodea. Allí se trabaja con él el juego, las relaciones sociales, las emociones, los intereses… A pedir cosas, a saludar… Sobre todo a través de pictogramas. “¿Qué hacemos Mario?”, “¿qué día es hoy?”...

Diez de la mañana en el Colegio Público Ortiz Echagüe. La profesora María Luisa Martín Gallego va a buscar a Mario de Diego a su clase de referencia para ir juntos al aula TGD (Trastorno Generalizado del Desarrollo) del centro, llamada Aula del Arco Iris. Mario tiene diagnosticado un trastorno del espectro autista y esta clase le sirve para entender mejor el mundo que le rodea. Ahora tiene 6 años y es verbal, habla, mira a los ojos, señala cosas… Antes no lo hacía. En la puerta de Arco Iris, la profesora pregunta: “¿Qué hacemos Mario?” Él le pide las llaves y las coge. “Siempre le ponemos en situaciones que él tenga que resolver”. Mario “ya es muy autónomo, lo quiere hacer todo solo”. Una vez dentro, le da un disco a su profesora. “Abrir, por favor”, le dice. “Hoy no vamos a poner villancicos”, obtiene como respuesta por mucho que se acerca el pequeño al radiocasete. “Hace peticiones que no hacía”. Para esta aula hay otros tres alumnos más en el Ortiz Echagüe, uno de ellos acaba de recalar y queda todavía una plaza libre, “que se cubrirá a lo largo del curso”, porque la Comunidad establece cinco alumnos con TGD por centro. En Getafe, dos colegios más, el Mariana Pineda y el Miguel Hernández, y el Silverio Lanza como instituto cuentan con una clase específica.

En el aula del Arco Iris

Mario va a organizar su día, va a preparar lo que se llama su agenda a base de pictogramas. En la pizarra tiene un panel (con velcro) donde colocará los dibujos y los números correspondientes. “Es el área de trabajo principal. Ahora durante dos semanas las clases son parecidas hasta que vamos avanzando en objetivos”. La fecha, lo primero. “Hoy es…”, dirige la profe, “jueves”, contesta el pequeño mientras coge con sus manitas el pictograma correspondiente al día. “¡Muy bien!”… “¿Qué día es hoy?”… “Pintar”, dice Mario de repente. “No, pintar luego”. Y sigue la sesión. “Jueves, 19 de…”, y contesta, “¡noviembre!”, “¿de qué año? Dos mil…”, y él dice: “nueve”. María Luisa: “¡Muy bien!”.
Los dibujos correspondientes los va colocando en su sitio en su agenda. Mario está algo nervioso porque en la clase hoy no está solo con su profesora. Hay una cámara. Él sonríe y posa. Está también continuamente con mimos hacia María Luisa. “¡Foto!”, exclama. “¿Quieres verla?”, interviene el fotógrafo. “¡Sí!”, y se acerca para ver la imagen digital en la pequeña pantalla del aparato. Tras la distracción, continúa la clase. La agenda, el panel, lo lleva a la mesa y Mario se sienta. “¿Qué vamos a hacer hoy?”. María Luisa le enseña imágenes y él va contestando. Un dibujo: “Leer”, otro: “Cantar” y otro: “Jugar al pilla pilla”. Entonces ahora toca leer. “¿Qué pone aquí?”; respuesta: “Mario”, “¿y aquí?”, “papá”, otro: “Mamá”. Ahora Mario se ha quedado mirando fijamente a la cámara de fotos. Le llama la atención. La clase de hoy se ha salido de lo habitual y no está concentrado en los ejercicios. Se levanta y se mete en un castillo de juguete, pero sale enseguida cuando lo pide María Luisa y el trabajo prosigue hasta que vuelve de nuevo a su clase de referencia porque además, una compañera celebra su cumpleaños. Después recreo, otra vez clase y a comer. En el menú, como él mismo ha ido señalando en su agenda, tiene crema de calabacín (parece que no le gusta), pollo asado y yogur. Tras la comida, logopedia con… “¡Cristina!”. Cuando ha finalizado el recreo la profesora sale al patio a buscar a otro niño para otra sesión en el aula del Arco Iris. Esta vez, de tres añitos. “Es muy autónomo”. El pequeño va corriendo por delante hasta la puerta y pide la llave. Lo que va a hacer hoy es… cantar la canción de Lola, luego preparar su agenda con los pictogramas, pintar con pincel una hoja de otoño y bailar.

Áreas de trabajo

Las aulas TGD se pusieron en marcha en la Comunidad de Madrid hace ocho cursos y surgen, como explica la profesora María Luisa Martín, de los equipos de orientación.
En la región se crearon tres, una de ellas la del Ortiz Echagüe. Su funcionamiento “depende de cada alumno”. Los niños tienen su aula de referencia y, como explica el director del Miguel Hernández, José Luis Alonso, “en función de las características y del comportamiento de cada uno” pasará “más tiempo en su clase o en el aula TGD”. El objetivo, transmite Martín, es que el pequeño esté “integrado en su clase” y acuda a la específica de TGD en “momentos puntuales”. Además, “yo entro en su clase y trabajamos allí también con pictogramas”. En ella se hace una adaptación curricular. En infantil se lleva “un ritmo normal, pero hay determinados trabajos que hay que adaptar” y, por ejemplo, con Mario, para las sumas, se está trabajando 1 más 1, 1 y 2..., la lectura con él son tres palabras de momento… “Se trata de que esté lo más normalizado posible”. En el escenario TGD se tratan “los procesos mentales para que puedan hacer frente a los problemas”. Se trabajan unas áreas fundamentalmente: la comunicativo-lingüística, en la que no solo se aprende a hablar… también a mantener la mirada… La lúdica,
“muy importante”. Estos niños suelen tener “ausencia de juego”, para ellos es difícil. Y como señala Martín, no solo el juego reglado, también les cuesta, y se trabaja, el simbólico. Situación: un niño con TGD tiende a alinear los coches en lugar de simular que corren, por ejemplo. “Cuando ya entiende el juego, empieza a jugar”. Otra área tiene que ver con el sentido de la actividad, que está relacionada con la anterior. “Cuando ellos entienden el sentido y la función, empiezan a hacerlo”. También se trabaja la comprensión y las relaciones sociales, las normas, los saludos… “y lo aprenden como recetas: dile hola a Susana”. Se trabajan también los intereses, “porque estos niños suelen tener intereses fijos incluso se pueden restringir a uno único”, como pueden ser los animales, y todo lo centran en eso. “Suelen ser muy rígidos”, y “muy literales”. Una anécdota: decir “te estás poniendo morado…” y el niño piensa que cambia el color de su piel… Las emociones es otro capítulo en este aprendizaje y los cuentos son un vehículo para trabajarlas. El miedo, por ejemplo, con Los siete cabritillos y el lobo. Todos los días del curso se trabajan estas áreas. Primero con fotografías reales, luego con pictogramas, después en vez de construir la agenda con el velcro se pasa a los gráficos en la pizarra, el siguiente paso, “más avanzado”, es por escrito (el niño de sexto del Ortiz Echagüe está en esta fase) y el último paso es el verbal, la palabra. También se utilizan tiras en conversaciones de tebeo, que consiste en hablar de una situación que ha ocurrido como si fuera un cómic, y la historia social, que es dar la pauta, siempre en positivo, de lo que quieres que ocurra. “Me porto bien, yo también tengo que hacer tareas con María Luisa…”. ¿Las herramientas que se utilizan en clase? Pictogramas y “todo tipo de apoyos visuales”. Y un ordenador que se usa “como premio por una buena sesión y para trabajo”.

Atención individualizada

En estas aulas se da una “atención más individualizada”, como describe José Luis Alonso. Tan individualizada que incluso son clases de uno. Si bien, por ejemplo, en el Ortiz Echagüe María Luisa quiere ver cómo responden los alumnos en grupo, ya que tiene a tres niños de Infantil, porque “da más juego”, se trabajan las relaciones entre ellos.
Para concluir… una reflexión: en Getafe “no hay colegios suficientes”, sostiene Alonso. Tampoco existe un centro de educación especial, que el Ayuntamiento ha demandado en varias ocasiones a la Comunidad. Muchos niños con TGD asisten a colegios no especializados.
Aquí también, la importancia de un diagnóstico precoz.

Susana Zorraquino

EL PASO AL INSTITUTO
El alumno de sexto con TGD del Ortiz Echagüe acaba el cole este curso pero al que viene no irá al instituto, “irá a un centro de educación especial”, explica su profesora, María Luisa Martín. Sí que el año pasado dos alumnos con TGD de este centro continuaron sus estudios en el Silverio Lanza, el único instituto en la ciudad con un aula especializada desde el curso 2004/05. Actualmente este centro cuenta con seis alumnos escolarizados con trastorno del espectro autista. Como explican desde el instituto, hay una “gran cantidad de cambios” de
Primaria a la de Secundaria. Por ejemplo, en su clase de referencia se encuentra con un profesor diferente para cada materia y el alumno tiene que realizar muchos desplazamientos para asistir a las diferentes asignaturas. “En Primaria los alumnos pasan gran parte de la jornada con el tutor, mientras que en el instituto el tutor solo es el profesor de una de las asignaturas”. Las relaciones sociales “se complejizan”, basándose más “en la conversación y en el lenguaje que en el juego motor” y en Secundaria se pide más organización, planificación y trabajo autónomo al alumno, “que suele constituir el punto débil” de los jóvenes con TGD. Algunos tienen dificultades en el aprendizaje pero también hay muchos con un coeficiente intelectual superior a la media.

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